Alberto Castellano - 2023

Poco antes de las cinco de la mañana nos pusimos en marcha. En el estómago, un horroroso café soluble con una cucharada de azúcar de un bote conquistado por diminutas hormigas. Aún es noche cerrada. En el cielo solo se aprecian dos o tres estrellas entre la polución del Mekong. Río abajo, el silencio sería absoluto si no fuera por los cientos de miles de insectos que llevan horas con su particular concierto y por el ruido del motor al ralentí de la fueraborda de Martín, el dueño de Ricefield Lodge Delta Mekong, en la que navegamos. A estas horas el Mekong tiene un halo de misterio. Sin hacer ruido, entre la jungla y cruzando el humo que sale de las barbacoas, avanzamos. A ambas riberas, de las casas se trasluce a sus moradores acicalándose para un nuevo día con el brillo de una bombilla. La vida se despereza conforme amanece. Desayunamos en un restaurante improvisado donde se acumulan varias barcas que dan de comer a los trabajadores del delta. Una simpática señora no nos da opción elegir. El menú es único: pho, una sopa típica vietnamita compuesta por fideos de arroz, carne y un sinfin de verduras que se convierte en la primera comida del día. A 30 grados lo que menos apetece es una sopa caliente, pero esta está extremadamente sabrosa. Cada bocado es diferente. Cebollino, tomate, soja, zanahoria y hierbas variadas son algunos de los ingredientes que conseguimos identificar. Siguiendo el curso del río, el día se despereza por completo cuando llegamos al mercado flotante Cai Rang. A estas horas casi hay más turistas que trabajadores. Es interesante saber qué estos puestos tradicionales se pueden convertir en unos años en simples atracciones turísticas, si no lo son ya. El gobierno vietnamita está construyendo puentes y carreteras que están desviando la actividad económica del agua a la tierra, como nos cuenta nuestro guía Martín. Sea como fuere, el sitio es curioso, digno de ver. Calabazas, piñas, plátanos, tomates, cebollas... Hay de todo en los barcos que parecen estar especializados cada uno de ellos en un producto. Hasta aquí vienen las compradoras (la mayoría eran mujeres con sus icónicos gorros de paja) que vuelven a sus casas en sus particulares barcas de madera cargadas y en algunos casos acompañadas de sus hijos pequeños. Conviven con el paso de grandes buques que transportan sobre todo materiales de construcción. Al delta del Mekong vale la pena venir. Hay de todo. Una zona ya turistificada, adónde vamos todos, y otra más "real" saliéndose del habitual circuito turístico donde se ve la vida apacible de los vietnamitas del sur del país dedicados en gran parte a la agricultura como se descubre al alojarte en el complejo de Martín, alejado de cualquier atisbo de turismo. Esto no tiene nada que ver con el estrés que genera el tráfico de las grandes ciudades de Vietnam. Es un halo de paz.
 

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